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- la envidia -
Una serpiente perseguía a una luciérnaga.
Esta huía con miedo de la feroz predadora,
pero laserpiente no desistía.
Huyó un día y ella la seguía, dos días y su perseguidora no cejaba
en el empeño.... Hasta que,
al tercer día, ya sin fuerzas,
la luciérnaga se detuvo y le dijo a la serpiente:
¿Puedo hacerte tres preguntas?
No acostumbro a conceder este privilegio a nadie,
pero como te voy a devorar,
puedes preguntar contestó la serpiente.
¿Pertenezco a tu cadena alimentaria?
Pregunto la luciérnaga.
No contestó la serpiente.
¿Te he hecho algún mal? dijo
la luciérnaga.
No respondió la serpiente.
Entonces
¿por qué quieres acabar conmigo?
Porque
no soporte verte brillar........
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- el arte de escuchar -
Un maestro japonés llamado Nan-in
recibió una vez a un famoso profesor de universidad que
quería aprender lo que era el zen.
Los dos se saludaron muy amablemente y el maestro ofreció a su invitado una taza de té.
Nan-in
sirvió la infusión con el cuidado y la parsimonia habituales. Sin embargo, cuando la taza
estaba llena, en lugar de detenerse, el maestro siguió vertiendo más y más té con toda
naturalidad hasta que el líquido debordó el recipiente.
El profesor de universidad le advirtió entonces:
Querido
maestro, la taza está llena.
A lo que nan-in replicó:
Como esta taza, estás tu lleno de tus propias opiniones.
¿Cómo podría enseñarte lo que es el zen a manos que vacíes primero tu taza?.
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- el despertar -
Me tomó la mano una sola vez. fué un día que me llevaba a algún sitio, y el gesto decía: rápido
es por aquí. Nuestras manos permanecieron unidas como mucho diez segundos, pero a mó
me parecieron treinta minutos. Y cuando me soltó, deseé que el contacto no se hubiera
interrumpido. Yo sabía, que ella me había cogido la mano de una manera espontánea, pero
que en realidad, lo había hecho porque deseaba hacerlo. Aún hoy recuerdo el tacto de su mano
aquel día. Es un tacto diferente a cualquier otro que haya experimentado después. Es
simplemente el tacto de una mano pequeña y cálida. Pero en aquellos cinco dedos y en aquella
palma se concentraban, como en un catálogo, todas las cosas que yo quería saber, todas las
cosas que tenía que saber. Y ella, al tomarme de la mano, me las enseñó. Me enseñó que en
el mundo real existía un lugar como aquél. Durante diez segundos tuve la sensación de
haberme convertido en un pajarillo perfecto. Surcaba el aire, sentía el viento. Desde las alturas
podía ver paisajes lejanos. Tan remotos que no era capaz de vislumbrar con claridad lo que
había. Pero supe que existían. Y que algún día iba a visitarlos. Esa certeza me dejó sin aliento,
me hizo estremecer.
estracto de Al sur de la frontera, al oeste del sol , de Haruki Murakami
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- El perdón -
Un hombre calumnió gravemente a un amigo suyo y, acto seguido, se dió cuenta de que le
había movido la envidia que sentía al ver el éxito que el otro había alcanzado. Tras comprobar
la ruina que había traído con sus calumnias a ese amigo, se arrepintió profundamente y fué a
visitar a un hombre muy sabio, a quien le explicó el caso y le pidió:
Quiero arreglar todo lo que hice. ¿cómo puedo hacerlo?
A lo que el sabio respondió:
Toma
un saco lleno de plumas ligeras y pequeñas, y ve soltando su carga donde quiera que vayas.
El calumniador, muy contento por aquel remedio tan fácil, consiguió un saco lleno de plumas y,
en el transcurso de un día, las había soltado todas.
Entonces regresó donde estaba el sabio y le anunció:
Ya he terminado.
Esa era la parte fácil.... respondió el sabio,
ahora debes volver a llenar el saco con esas
mismas plumas que soltaste.
El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo imposible de su misión, y no pudo juntar casi ninguna.
Al verle regresar abatido, el sabio le dijo:
Así
como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, de igual manera el
mal que hiciste voló de boca en boca y el daño ya está hecho. Lo único que puedes hacer es
pedir perdón a tu amigo y actuar bien a partir de ahora, pues no hay forma de deshacer lo que hiciste.
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- La furia -
un hombre de mal genio que perdía muy fácilmente el control,
lo cual dañaba gravemente sus
relaciones personales. Harto de su mal carácter,
decidió visitar a un sabio para que le aconsejara.
Venerable le dijo,
soy muy desafortunado por culpa de mi carácter.
Tengo muy mal genio y
ataques de ira incontrolables, pero quiero cambiar.
Para conocerte mejor respondió el sabio,
necesito contemplar tu furia de cerca.
¿Como? ahora no tengo furia.
Lo haremos así: ahora vete y cuando sientas cólera ven
rápidamente para que yo vea cómo se manifiesta en tí.
El hombre regrasó a su casa y cuando, unos días después, se encolerizó, corrió a visitar al
sabio, que vivía en lo alto de una colina.
Ya he vuelto dijo el hombre jadeante.
Bién,
pues enséname tu colera.
El problema era que, mientras subía la colina, su ira había desaparecido.
Ya no estoy enfadado se excusó el hombre.
en este caso repuso el sabio cuando
vuelvas a tener ira, ven más rápido para que pueda ver
cómo se manifiesta en ti.
Días más tarde la furia volvió a poseer al hombre. Como una exhalación, salió corriendo para
ver al sabio. Pero cuando llegó agotado a la cima de la colina,
ya se le había pasado de nuevo el enfado.
Fué regañado por el sabio:
Tienes
que venir más rápido cuando te irrites,
de lo contrario no podré ver tu cólera!
Pasaron unos días más y el hombre sufrió un nuevo ataque de furia. Salió corriendo, tanto
como sus piernas le permitían, y llegó a la cima auténticamente extenuado.
Una vez más la ira se había esfumado.
El sabio le dijo entonces:
¿Te das cuenta? la ira no te pertenece.
No es tuya y por eso la pierdes por el camino.
Voy a darte la solución:
la próxima vez que la ira quiera poseerte, no la aceptes. ¡suéltala!
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