Y aún dicen que el pescado es caro es una pintura realizada por el artista español Joaquín Sorolla en el año 1894. Se encuentra expuesta en el Museo del Prado de Madrid.
Es una obra que se encuadra dentro de la primera etapa de la producción del pintor y puede incluirse en el género denominado realismo social. Obtuvo una Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes (España) celebrada en el año 1895. Ese mismo año fue adquirida por el estado español.
El título del cuadro procede de la novela Flor de Mayo escrita por Vicente Blasco Ibáñez que se desarrolla en las playas del barrio del Cabañal en Valencia. En uno de los pasajes, muere en el mar un pescador llamado Pascualet, y su tía se lamenta de lo sucedido mientras exclama: «¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban al comprar en la pescadería! ¿Aún les parecía caro el pescado? ¡A duro debía costar la libra...!»
La escena que se representa muestra a dos pescadores mientras atienden a un tercero que ha sufrido un accidente, este se encuentra con el torso desnudo y de su cuello pende una medalla que probablemente corresponde a la Virgen del Carmen, protectora de los hombres del mar. Alrededor de los personajes pueden observarse diversos objetos habituales en el interior de las embarcaciones, un candil, un tonel para el agua dulce, cuerdas y varios peces.
Cosiendo la vela es otra obra importante de Sorolla, como solución de problemas técnicos de luminosidad.
Bajo el emparrado del jardincillo de una casa de pescadores del Cabañal, la luz solar, que en el meditarráneo tiene una potencia peculiar, reverbera sobre la lona en llamas blancas, cuando los rayos logran atravesar el dosel de pámpanos. A la derecha del cuadro, varias jóvenes, algunas bellísimas, cosen la vela.A la izquierda, un pescador, con su gran sombrero de paja, la sostiene; al fondo, otra mujer, sentada en tierra, cose también, y un anciano pescador examina lo hecho.
Tanto la lona como las enjalbegadas pilastras del emparrado, los muros del fondo, la tierra y el verde exaltado de la fronda, reflejan una luz que inunda el ambiente con centelleo cristalino, rebajando los contrastes de tal modo que apenas hay diferencia tonal entre las luces y las sombras.
Sorolla presentó Cosiendo la vela en varios certámenes: obtuvo primera Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Munich de 1897 y Gran medalla del Estado en la Exposición Internacional de Viena de 1898.
1909 - paseo a orillas del mar
Óleo sobre lienzo 205 x 200 cm Nº inv. 834
Pintado durante el verano de 1909 en la playa de Valencia, después de haber cosechado grandes triunfos en Estados Unidos, Paseo a orillas del mar es sin duda una de las obras más representativas del pintor y de su Museo.
El agua y la arena de la orilla, resueltos en largas pinceladas azules, malvas y turquesa, se convierten en un abstracto telón de fondo para las refinadas figuras de su esposa y su hija María.
La sugestión de la brisa en el ondular de los vestidos intensifica la impresión de fugacidad momentánea en la toma, a lo que contribuye también el uso de encuadre eminentemente fotográfico que corta la pamela de Clotilde y deja una franja vacía de arena en la parte inferior.
Aunque el escenario es el mismo, el tono es muy diferente al de las otras escenas de playa valencianas Lo que aquí vemos responde plenamente al género iconográfico conocido como el “paseo elegante”, protagonizado por personas acomodadas y bien vestidas que se acercan a la orilla del mar.
"El baño del caballo
Lienzo comprendido en la serie de escenas de la playa de El Cabañal de Valencia que realiza Sorolla en el verano de 1909 a su regreso de los Estados Unidos. También se tituló El caballo blanco. Es uno de los cuadros más populares del pintor: vemos aquí al Sorolla más conocido, el de la sinfonía de blancos y azules, que reina en los cuadros de este año, como el Paseo a orillas del mar. Compositivamente, esta obra muestra un recurso muy frecuente en la producción de Sorolla. El punto de vista se sitúa a la altura del joven que protagoniza la escena pero el objetivo parece inclinarse, creando así un primer plano largo que relega la línea del horizonte a una banda estrecha en la parte superior del lienzo. Con ello el punto de fuga se limita, la atención del espectador se centra, la mirada queda atrapada en la superficie del lienzo y se mueve impulsada por los reflejos lumínicos, las sombras y la línea ondulante que crea el agua en la orilla.
Sin duda a Sorolla le interesa mucho más lo que ocurre en el suelo que en cielo, que en el verano levantino se muestra, en las horas centrales del día, mortecino por la calima del calor. La orilla está sin embargo llena de efectos llenos de interés visual: los cuerpos brillantes por la piel mojada, la lámina de agua que hace de la arena un espejo, los reflejos de la luz en el agua inquieta, las sombras, todo aquello que nos hace conscientes del espejismo que es nuestra mirada.
Chicos en la playa - 1909. Óleo sobre lienzo, 118 x 185 cm.
La serie de cuadros con motivos de niños en el agua culmina con esta obra, en la que los desnudos de los muchachos se imponen en la composición en mayor medida que en otra pintura del artista. Aunque está firmada en 1910 y, por ello, esa cronología se ha seguido de modo casi unánime, el artista debió de pintar la obra durante el verano de 1909, pues la imagen aparece ya reproducida en un libro de Rafael Doménech cuyo colofón explicita que se terminó de imprimir el 19 de diciembre de ese año. La obra correspondería, pues, a la larga y fecunda estancia de Sorolla en Valencia de unos tres meses desde finales de junio hasta finales de setiembre , durante la que realizó varias obras maestras, entre ellas El baño del caballo.
Ambas revelan una esencial fascinación mediterránea que el pintor quiso poner de manifiesto, en ambas obras, mediante la elección de un marco de pilastras toscanas con su entablamento liso. El motivo del desnudo infantil tendido al sol a su albedrío ya había interesado a Mariano Fortuny y a Ignacio Pinazo, además de a Sargent, artistas todos apreciados por Sorolla. Como el primero, abordó el asunto a la orilla del mar en un riguroso primer término que evita la representación del horizonte pero, a diferencia de él, le interesó el movimiento de las aguas, convertido en puro motivo pictórico y, junto a ello, los destellos de la luz en el mar y en el cuerpo de los niños, los reflejos de las figuras de éstos en el agua y las sombras coloreadas proyectadas sobre la superficie líquida. El pintor había planteado este tema en algunas otras obras, con las que ésta del Prado tiene relación por aparecer en ellas cuerpos de muchachos desnudos tendidos en primer término. Ya en 1903 aparecen en Niños a la orilla del mar, pero allí se trataba de niños más pequeños, por lo que tiene mayor similitud con los desnudos de muchachos de varias obras de 1908, entre ellas Idilio en el mar, Sobre la arena ¿Idilio en la arena?, Niños en la playa y los desnudos tendidos en dos obras de composición más amplia, una de la Hispanic Society y otra en colección particular. Hay también varios dibujos de niños en posición horizontal que conserva el Museo Sorolla.
Aún en 1916, el artista pintó otro cuadro titulado niños en la playa, con un desnudo tendido en la orilla del mar. A pesar del tamaño del lienzo, el artista pintó la obra del natural. Con todo, consiguió plasmar sin estudio previo, no sólo la sensación de inmediata veracidad del asunto, sino también una composición de extremado equilibrio entre la actitud estática propia de los cuerpos tendidos y el dinamismo de su colocación relativa. En efecto, la escena muestra en primer término el muchacho con la cabeza más levantada, en disposición casi diagonal que introduce al espectador en el lienzo, lleva al segundo a través del rostro vuelto de éste y se aquieta en la actitud abandonada del tercer muchacho, tendido paralelamente al borde superior del lienzo. A esa gradación de las actitudes corporales, más relajadas cuanto más lejanas están las figuras, corresponde una intensidad también creciente del colorido de los cuerpos, desde el blanco con reflejos malvas del muchacho del primer término, de cabello rubio y piel más clara, al tono más tostado del segundo, de cabello castaño, hasta el rojizo broncíneo que presenta el del fondo. Los destellos de la luz traducen la intensidad también creciente hacia el último término con la que el sol incide sobre los cuerpos, gradualmente sumergidos en el agua.
Así, en el primer muchacho, menos mojado, los brillos sobre la piel aparecen como empastes de color blanco mate; son más intensos y claros en el segundo, parcialmente sumergido, y muy luminosos en el del fondo, ya empapado de agua y completamente reluciente. El artista representó además el movimiento de las aguas en torno a los cuerpos, en amplísimas pinceladas de tonos turquesas, azules, violetas y malvas que ya había utilizado en obras con tema de nadadores, especialmente en las realizadas en Jávea en 1905. Reflejó también la pequeña depresión excavada por la resaca en la arena junto a los pies del muchacho del centro. Especial interés tiene la captación de la doble silueta que arrojan las figuras de los dos primeros chicos (en el tercero es menos visible) que corresponde, en la parte inferior, al reflejo sobre las aguas e, inmediatamente debajo de los cuerpos, a la sombra coloreada de éstos, en un tono violeta intenso directamente observado por el artista a la luz, de máxima intensidad, del mediodía valenciano
Triste Herencia, es el último lienzo, realizado en 1899, cerrando así la aportación de Sorolla a ese «realismo social» iniciado pocos años antes.
El cuadro fue presentado en la Exposición Universal de París, un año después, obteniendo el «Gran Prix». En 1901, consiguió la medalla de honor en el certamen nacional de las Bellas Artes, en Madrid. Fue adquirido posteriormente por el americano John E. Berwind que, más tarde, lo legó al Colegio de los Dominicos de Nueva York, en cuya iglesia de la Ascensión se encontraba antes de su actual ubicación, la Caja de Ahorros de Valencia.
En épocas pasadas, la expresión «triste herencia» se utilizaba para referirse a aquellos males padecidos por los hijos como consecuencia de las enfermedades de sus progenitores, las cuales eran tenidas como «vergonzosas», por ser fruto de una vida tachada de «disipada» o «pecaminosa», o poco acorde con los comportamientos considerados «decentes» por la sociedad. La sífilis, la tuberculosis, el alcoholismo, ...se llevaban la palma en este catálogo de lacras que habrían de manifestarse en la procreación de seres enclenques, tullidos y debilitados que estaban condenados, en su mayoría, a vivir de la caridad, ejercida por instituciones públicas y algunas privadas, y sobre todo, por las de la Iglesia.
Sorolla tituló, inicialmente, este cuadro Los hijos del placer, pero, más tarde, influenciado por su amigo Blasco Ibáñez, lo denominó Triste herencia.
Analizando la pintura, desde un punto de vista médico, ninguno de los dos títulos tienen una justificación médica según lo expuesto anteriormente. No podemos hablar de sífilis congénita. Primero, porque los niños afectados de esta enfermedad presentan otra sintomatología muy distinta (retraso en el desarrollo del crecimiento, nariz en silla de montar, entre otros) y, segundo, hasta el año 1911, el médico Paul Erlich no descubrió el 606 (por ser fruto de 606 experimentos), el que él mismo llamó bala mágica o salvarsán (arsfenamina), una preparación de arsénico orgánico empleada en el tratamiento de la sífilis. Hasta el desarrollo de esta nueva droga los niños morían a los pocos meses de nacer.
La escena se localiza, como otras tantas suyas, al aire libre y en un marco marítimo, dotándola de una intensa luminosidad, cuyo foco está en la misma posición que el ojo del espectador, es decir se proyecta desde el frente sobre los protagonistas. Incluso, uno de ellos, el único que parece sonreír, se cubre los ojos porque está deslumbrado. Sin embargo, muy en consonancia con lo que el pintor nos está transmitiendo, la luz que se refleja en el mar y en las olas, es negra, una luz inquietante, intranquilizadora, muy distinta del verdi azul diáfano de sus obras posteriores.
Están en la valenciana playa del Cañaveral, es decir, en su origen, un sitio de cañas o cañaveras y, aunque ya no aparecen en la composición, aluden a un lugar recogido, apartado por esas cañas, enlazando simbólicamente con el título del lienzo. El baño de los niños debería hacerse al margen de otros bañistas, ocultos para que nadie los viera. El baño en la playa como tratamiento curativo, benéfico, en este caso «regenerador», estaría también muy en consonancia con los estudios sobre la higiene lleva- dos a cabo en el siglo XIX y alejados del concepto de «sol y playa» auspiciado por el turismo de nuestros días.
Sorolla pinta la línea del horizonte muy alta, parece fijarla en la cabeza del hermano de San Juan de Dios, abriendo un amplísimo espacio en el que se distinguen varios planos: el más lejano al espectador, reflejando ese mar oscuro e inquietante con olas rompientes; otro intermedio, también de agua pero más clara y sin olas y en donde los niños se relacionan en distintos grupos distribuidos equilibradamente en relación con la del primer plano, en el que se centra la escena, propiamente dicha. El hermano sujeta y ayuda a uno de los niños que se asiste, igual que otros compañeros, con un palo que hace las veces de muleta en su desplaza- miento por la arena. Otros tres niños, de diferentes edades y en distintas posiciones (espalda, perfil y frente), les siguen.
Llama la atención el juego de contrastes que el artista nos invita a establecer. Los cuerpos desnudos frente al religioso vestido con su largo hábito que sólo deja al descubierto la cara y las manos; el negro frente a las carnaciones; la madurez del adulto frente a la corta edad de los niños; la quietud del religioso frente al movimiento de los chiquillos; las serenas aguas del fondo frente al chapoteo del plano intermedio; el rostro perfilado del hermano frente al abocetamiento de las caras y cuerpos de los niños; uno frente a muchos. Todos estos contrastes nos ayudan a entender la composición como una denuncia: el pecado y la injusticia de que seres inocentes carguen con esa cruz.
Quizá por eso son niños sin rostro, para que no sean identificados, porque «cualquiera» puede ser uno de ellos. Están desvalidos, impedidos, indefensos,... y son asistidos por un único hermano de una orden religiosa de carácter benéfico, aludiendo al papel asistencial de la Iglesia. Es también un hombre anónimo, pero representa a la institución eclesiástica que, a modo de Virgen de la Misericordia, trasladada a finales del siglo XIX, protege bajo su tutela a una multitud de niños «señalados». Es poco comprensible, por los menos desde los parámetros actuales, que un solo adulto se hiciese cargo de un número tan elevado de chavales, muchos de ellos impedidos, y en un marco como una playa con los peligros que podía entrañar.
Sorolla se hace eco de las pautas de comportamiento de la época y del sentido del «pudor». De manera que, a pesar de la corta edad de los protagonistas, evita la representación frontal. Los niños que aparecen de frente, o están en el agua y ésta les cubre hasta la cintura; o los cuerpos de los compañeros sólo permiten que sobresalga la cabeza. No obstante el abocetamiento que se desprende de la composición nos hace pensar que hubiera impedido distinguir el sexo.
¡Qué alejados estos niños de 1895 de sus posteriores obras en las que destacan unos adolescentes plenos de salud y vitalidad, de cuerpos bien formados y brillantes!, La escena sobrecoge, mueve a la reflexión y a la búsqueda de porqués. Nada que ver con las composiciones amables y elegantes con las que todos identificamos al pintor valenciano.
Sol de la tarde óleo sobre lienzo 299x 441 cm The Hispanic Society
Este impresionante lienzo , pintado durante el verano de 1903 en la playa de Valencia , constituye indudablemente la apoteosis suprema de Sorolla como pintor de las faenas del mar , además de la culminación de su madurez plena en la conquista del color y la materia pictórica como ingredientes esenciales de su expresividad plástica y ejemplo máximo de la energía desbordante de su temperamento artístico.
La extraordinaria fuerza de esta pintura en la que pescadores y los bueyes adquieren unas dimensiones verdaderamente colosales, sobrecogiendo inmediatamente al espectador , traduce bien a las claras las ambiciones puestas en ella por Sorolla, suponiendo un gran éxito para el artista durante el periplo internacional en la que expuso desde el año siguiente de pintarse y, sobre todo, tras su exposición personal celebrada en 1909 en la sede de la propia Hispanic Society , consagrándose en buena medida a partir de entonces como el símbolo de su triunfo americano.
Aquí en esta escena del acarreo de una barca de pesca que arriba a la playa tras acabar la faena, bañada por la luz crepuscular del verano valenciano , Sorolla muestra de entrada una audacia extraordinaria en su misma composición , al atreverse a hacer protagonistas fundamentales del cuadro los cuartos traseros de los bueyes que entran en las espumosas aguas de la orilla para remolcar la embarcación, que el artista sitúa en el plano más próximo al espectador y que se aprestan a enganchar con el gran garfio que sujeta el pescador del extremo derecho.
La agitación efervescente de la espuma de las olas caracoleando entre las vigorosas patas de los animales de tiro es seguramente el trozo más atrevido de pintura realizando nunca por Sorolla. Sus pinceladas anchas y continuas , aplicadas con grandes brochas de una vez , sin dudas ni insistencias , traducen espléndidamente la tensión extenuante puestas en él por el artista durante su ejecución.
Junto a las poderosas figuras de los animales que se adentran en el mar Sorolla polariza la tensión física de la maniobra de varado de la embarcación en el marino que sujeta el pesado gancho de hierro , sin duda la figura humana de mayor intensidad y audacia pictórica del conjunto, dispuesta con elegancia rítmica de un tenante clásico en la posición tensa y esforzada de las extremidades . La enjundia pictórica de este personaje, modelado a base de colores puros y vívisimos , especialmente atrevidos en la ejecución de su rostro, contrasta poderosamente conla fractura extraordinariamente suelta y sintética con que Sorolla resuelve el resto de los pescadores , que trata con un abocetamiento extremo, aumentado aún por las proporciones de la tela.
En este sentido el cuadro constituye el punto culminante hasta entonces en toda la obra de Sorolla en el uso del color puro , aplicado directamenente al lienzo desde los tubos de pintura,con una osadía plástica verdaderamente inaudita en su propia trayectoria hasta entonces y en el panorama artístico español de su entorno que, sin embargo, se vuelve absolutamente armónica y natural cuando se contempla el lienzo desde la distancia que exigen sus dimensiones.
Las tres velas es una obra de Joaquín Sororolla y Bastida pintada al óleo sobre lienzo con unas dimensiones de 96,5 x 138 cm. Está datado, según firma, en el año 1903 y desde 2008 se encuentra en manos de un coleccionista anónimo.
Pintado en los inicios de la que es conocida como su etapa de culminación, "Las tres velas" se sitúa en la Playa de la Malvarrosa de Valencia, en el verano de 1903, uno de los más fructíferos del pintor. Así lo sentía él mismo y lo explicaba en una carta a su amigo Pedro Gil Moreno de Mora.
Estoy muy entusiasmado de las cosas que veo en la playa..., todo me impresiona como si fuera la primera vez que lo he visto, de lo que estoy contento, pues me imagino haré algo decente, que buena falta me hace... sigo trabajando mucho y te anuncio una carta detallando lo que hago..."
Y no andaba desencaminado pues fue en este verano que, además de "Las tres velas", Sorolla pintó obras tan notables como "Pescadoras valencianas" o "Sol de la tarde".
El cuadro se presentó en la Exposición Universal de Berlín de 1904 y fue vendido al banquero alemán Max Steinthal por 2.500 Marcos. En su despacho estuvo durante más de treinta años hasta la llegada al poder del Tercer Reich que intentó confiscar todas sus posesiones, incluido este cuadro, debido a su ascendencia judía. Para evitarlo, Steinhal nombró albacea a su yerno Friedrich Vollmann, miembro no judío de la familia, que lo llevó a Dresde. En posesión de Vollmann estuvo hasta 1950 cuando las autoridades de la República Federal de Alemania requisaron todos sus bienes y él tuvo que huir a la Alemania Occidental.
Nada se volvió a saber de la tela hasta que en el 2002 cuando, debido a las inundaciones que sufrió la población de Dresde, se tuvieron que desalojar de urgencia los sótanos de la antigua galería de arte de la ciudad. Allí aparecieron varias cajas con el nombre de Steinhal y en una de ellas el cuadro de "Las tres velas". Tras las comprobaciones pertinentes la obra fue devuelta a los herederos del banquero quienes lo sacaron a subasta en Sotheby's en noviembre de 2004 vendiéndose por 2,4 millones de Euros.
En 2008 la obra volvió a salir a subasta en New York comprándola un coleccionista anónimo por 2,9 millones de Euros.
El cuadro está firmado y datado en la esquina inferior derecha: "J Sorolla y Bastida / 1903 / Valencia".
La escena es sencilla, enmarcada dentro del ostumbrismo, tres mujeres caminan por la playa, pescadoras que con sus cestas vacías acuden posiblemente al encuentro de las tres embarcaciones de velas triangulares que casi llenan el horizonte y que vuelven de faenar. La estampa es espontánea, como si se tratara de una fotografía, una instantánea que parece sorprender a una de las mujeres mirando por casualidad hacia la cámara. Sin embargo, en esta simple escena, Sorolla consigue homenajear y ensalzar el duro trabajo de las mujeres de aquella época, una de las cuales lleva una criatura en brazos, retratando en la misma escena a varias generaciones de pescadoras.
La composición es armoniosa, equilibrada con una luz espléndida que Sorolla maneja magistralmente en los reflejos del agua, el blanco de las olas o los colores de los vestidos a base de pinceladas ágiles y empastadas.
|